DESENGAÑO
Ejercer el desengaño como práctica implica desmantelar activamente las ficciones impuestas para reconectar con la realidad material, lo que supone no aceptar ninguna narrativa (éxito, productividad, consumo) sin cuestionamientos; priorizar hechos físicos, necesidades biológicas y condiciones económicas reales sobre ilusiones digitales o promesas abstractas y, sobre todo —ahora más importante que nunca—, reclamar el control sobre nuestra capacidad de enfoque, porque la atención es el recurso más valioso que tenemos.
En la actualidad, el desengaño surge como una valiosa herramienta para contrarrestar las fuentes de autoengaño imperantes en el siglo XXI, mencionadas en la publicación anterior: las redes sociales, la productividad y el mercado.
El autoengaño de las redes sociales se alimenta de la confusión entre perfil y persona. Mediante el desengaño debemos reconocer que el bienestar no reside en la validación algorítmica, sino en las condiciones físicas de la existencia; es decir, la salud, el descanso y los vínculos tangibles. Ante el estímulo de comparación en las redes, cabe preguntarse: ¿cuántos filtros, horas de edición y acuerdos comerciales sostienen esa imagen? El desengaño aquí es la comprensión de que lo que vemos no es vida, sino publicidad de una vida.
El autoengaño de la productividad sucede al hacernos creer que nuestra valía es proporcional a nuestro rendimiento laboral; nos hace sentir «caballeros andantes» de una épica empresarial que no nos pertenece. El desengaño debe sustituir la narrativa del sacrificio heroico, que nos lleva a la autoexplotación, por una visión del trabajo como transacción material y no como realización identitaria.
El autoengaño del mercado nos vende la idea de que la carencia que sentimos se soluciona adquiriendo objetos o experiencias estetizadas. El desengaño supone un análisis racional del objeto de deseo por su utilidad real, su belleza genuina y el rastro de trabajo humano detrás de su producción, en lugar de valorarlo por el estatus simbólico que promete. El desengaño racional revela que la felicidad ofrecida por el mercado es un espejismo diseñado para evaporarse en el momento de la posesión.
El desengaño no debe ser una capitulación trágica ad portas de la muerte, como le sucedió a Alonso Quijano, sino el retorno necesario al espacio de lo real donde somos dueños de nuestras decisiones. Al final, la mayor proeza no es luchar contra gigantes imaginarios, sino tener la valentía de ver el mundo tal cual es y, desde esa verdad material, transformarlo.